miércoles, 21 de marzo de 2012

Estudiar, Orar, Pintar


Si bien es cierto que parte de la motivación que me llevó a escribir esta historia y llevarla a su publicación fue el libro de Elizabeth Gilbert “Comer, Rezar, Amar” por la forma cómo ella describe una de las más trascendentales experiencias que pasó en su vida después de su divorcio, llena de cambios, descubrimientos y retos, particularmente lo que más me ha movido a escribir sobre mi experiencia ha sido el deseo de dejar por escrito un testimonio de lo que ha significado para mi esposo y yo vivir lo más fuerte que nos ha tocado en la vida, acompañados de la manos de Dios.

Y así como Gilbert resume en tres palabras su libro, yo resumo en otras tres palabras este capítulo que describe resumidamente todos los cambios que empecé, entre ellos, nuevas actividades que nunca pensé que emprendería, al menos en esta vida…

Uno de ellos, y el principal, fue que iniciamos una rutina diaria matinal de oración, lo cual nos viene ayudando muchísimo, a pesar de que no siempre es una muy buena oración, es decir, cuando a veces hay resequedad o días en los que no sentimos la voz de Dios.

Lo otro fue que por fin empecé a pintar al óleo, algo que siempre quise hacer pero nunca me decidí. Fue emocionante ir de compras por mis materiales de pintura, entre ellos caballete, diversos colores de óleos, pinceles de todos los tamaños y formas, diluyentes y mi primer lienzo, en el cual ya he plasmado mi primera pintura: una yegua y su potrillo.

Y finalmente, y esto es algo que nunca pasó por mi mente en mis 32 años, he iniciado a capacitarme en Terapia de Parejas a través de un taller que imparte una institución peruana en asociación con otra de Atlanta, especializada en Terapia de Parejas. 

La idea de esto último se dio cuando mi esposo y yo iniciamos el movimiento Unidos, cuyo objetivo es el apoyar a los matrimonios jóvenes, novios y en general a toda la familia a llevar una vida plena, apoyados o conducidos por la fe, pero, valgan verdades, los problemas maritales o familiares muchas veces requieren de apoyo profesional, y esto es algo que no podríamos ofrecer sin una adecuada y completa capacitación. El tiempo disponible que me permite ahora el hecho de no dirigir más mi propio negocio, y el trabajo de mi esposo, que gracias a Dios nos mantiene en una situación medianamente cómoda, me ha permitido inscribirme en este taller de 4 meses, pero que se dicta en meses bien distanciados. En la primera clase que llevé, recuerdo lo fascinada que estaba; sentía que eso era lo mío, que definitivamente tenía vena de terapeuta, aunque nunca antes se me haya pasado por la cabeza, más allá de un particular gusto por los temas relacionados a la psicología o filosofía del amor. Además, tengo en mente trabajar en un mediano plazo con parejas que requieran de esta ayuda, a la que yo especialmente complementaría con la divinidad que Dios me permita poner en sus vidas, fungiendo de instrumento suyo.

Otras de las actividades que estoy llevando por primera vez son clases semanales de meditación con mi esposo, clases de yoga dos veces por semana, y ahora a darle fuerte con la preparación de las charlas de pareja y familia que tenemos pensado iniciar en una semana en una zona dentro de San Juan de Miraflores. El material que tengo de mi primer módulo del taller de Terapia ayudará significativamente a estas charlas, estamos seguros de eso.

Y en un abrir y cerrar de ojos, aparentemente, tengo una nueva vida… de comunicadora publicitaria paso a terapeuta de parejas “cristiana”, de diseñar en una PC, paso a pintar a mano alzada y sobre lienzo, de dirigir una empresa comercial propia, paso a dejarme dirigir por Dios como ayudante en su propia empresa espiritual, de no tener tiempo para orar, paso a un ritmo constante de oración, meditación y yoga de pasada, para ejercitar las articulaciones y relajar el espíritu. Hasta la posición de la cama llegamos a cambiar, los colores de las paredes de nuestra habitación y la habitación contigua, la hora de levantarnos, la ubicación de nuestro plasma, la música que escuchamos, la forma de vestirnos en algunos casos, nuestra forma de dialogar y de discutir… y sí, también el mantenernos todavía un poco alejados de la mayoría de nuestros familiares (de la familia extensa), y amigos.

Una Cuarentena en Cuaresma


El día después de que salí de la clínica inició la etapa de los 40 días y 40 noches, más conocida como cuarentena o puerperio al tiempo de posparto. En realidad, empezó desde las primeras dos horas después de la intervención que tuve. Desde entonces, además pasar por una recuperación emocional y mental día tras día, pasaba también por una recuperación fisiológica necesaria para quedar en las condiciones necesarias como para intentar un nuevo próximo embarazo, que era lo único que tenía en mi mente, hasta el día de hoy...

Siendo que, desde hace siglos el periodo del puerperio ha sido tan importante y trascendental para una madre debido a que si los fenómenos de este proceso sucedieran con algún tipo de alteración, podría conllevar incluso a invadir los signos vitales de la madre, entenderán mi preocupación cuando al cabo de un mes, ya había tenido algunas irregularidades, entre ellas que el flujo de sangre empezó a incrementar cuando ya estaba a menos de 10 días de llegar a los 40 días del periodo. 

Un día, mientras que yo pensaba que lo que sucedía era algo normal, inició la segunda pesadilla más grande después de la que ya habíamos pasado mi esposo y yo. Empecé a pensar que algo estaba muy mal y que podría estar en grave riesgo... llegué a pensar, incluso, en que moriría... Puede sonar un poco estúpido, pero en ese momento, sobretodo cada vez que iba al baño a cambiarme la toalla, lo cual ocurría cada media hora a lo menos, la pesadilla se hacía cada vez más densa e interminable. Por unos minutos llegué a pensar que jamás podría volver a quedar embarazada... fue cuando me eché a llorar en una habitación apartada de la casa, y fue cuando llamé a mi madre para contarle que sentía que algo tal vez no estaba del todo bien conmigo. Luego llamé a mi esposo, quien intentó tranquilizarme e instó a que llamara a mi ginecóloga. Después de notar una inadecuada tranquilidad o despreocupación de su parte, mi esposo y yo decidimos consultar con el ginecólogo amigo de la familia, con quien ya nos habíamos reunido en una ocasión poco después de lo que nos pasó aquel 09 de febrero.

Para entonces, mi hermano ya estaba enterado de la situación, lo cual aparentemente lo dejó muy preocupado, al punto de llamar a mi esposo para decirle "que vayamos a emergencia". La situación, sin embargo, no era tan simple como para decidir ir a emergencia y ya, puesto que, por un lado, mi ginecóloga no se encontraba de turno en la clínica donde me veía, y por el otro, el ginecólogo de la familia estaba atendiendo un parto. Lo único que hubiera quedado era que algún otro doctor de turno me haya visto y... la verdad, no estaba dispuesta a exponerme a alguien que no me haya visto antes y conozca mi historia clínica. Solo nos quedó esperar a que el ginecólogo le devuelva la llamada a mi esposo para saber qué hacer. En medio de este trance, mi compañero la habrá pasado super mal entre reuniones de trabaja con su propia cuota de estrés, y la incertidumbre de no saber qué pasaba conmigo. Cuando finalmente llegó la llamada del doctor, mi esposo me llamó para contarme que podíamos ir ese mismo día a hacernos una ecografía intravaginal, y con esto ir a vernos con él para descartar cualquier cosa que pudiera estar poniendo en riesgo mi salud.

Ya para entonces yo estaba un poco más tranquila. Algo que ayudó fue buscar la palabra de Dios en esas circunstancias. Pasé unos momentos en el cuarto que hacía un mes mi esposo y yo preparamos para usarla como "cuarto de oración". Allí, mis lágrimas, mi Biblia y yo, tuvimos una pequeña conversación que me dio un poco de paz y quietud. Recuerdo que dentro de lo que conversaba con el Señor, le decía algo como: "Ey! Dios, yo quiero seguir viviendo!!... tengo muchas cosas que hacer y tengo muuuchos hijos que criar!... por favor, espero que no te hayas tomado en serio cuando alguna vez me escuchaste decir que sentía como si quisiera morirme... la primera semana después de que nos pasara esta pesadilla a mi esposo y a mí fue la más fuerte..." Pero ya para entonces, por el contrario, tenía muchos planes y muchos de ellos motivados precisamente por Dios; entonces, ¿cómo podría irme ahora?, ¿y dejar todo esto?.. ¿y dejar a mi familia sufriendo por mí?...no había forma. Le dije que quería vivir, que iba a ser paciente y aceptar que las cosas se den como él las tenía planeadas, no yo. Leí entonces el maravilloso Salmo 91, la misma primera lectura bíblica que tuve cerca aquel día en la clínica.

(...) Ya que has hecho del Señor tu
refugio,
del Altísimo tu lugar de
protección,
no te sobrevendrá ningún mal
ni la enfermedad llegará a tu
casa;
pues él mandará que sus ángeles
te cuiden por dondequiera que
vayas.
Te levantarán con sus manos
para que no tropieces con piedra
alguna.
Podrás andar entre leones,
entre mountruos y serpientes.

Poco después de haberle dicho esto a Dios y aun con un poco de temor humano dentro de mí, se pasó por mi cabeza un pensamiento que casi me fulmina... -debo reconocer que para estas cosas suelo ser excesivamente creativa- Primero recordé aquella terrible experiencia que tuvo mi madre cuando estaba embarazada de mi hermano, que me lleva 2 años. En aquella época, en la que uno no tenía acceso a las ecografías y demás tecnologías, mi madre, embarazada de nueve meses de mi hermano (ella pensaba que era mujer), estuvo al borde de la muerte. Presentaba un caso de placenta previa, para lo cual se debe programar una cesárea. Sin embargo, el médico del hospital que la atendía al parecer poco sabía de estas cosas, y lo que es peor, cometió una gran negligencia después de que mi madre, tras habérsele roto la fuente en casa y haber perdido una tremenda cantidad de sangre, no se le ocurrió mejor idea que llevarla a sala de parto hasta que "dilate"... mientras tanto, mi hermano ya había perdido la fuente de oxígeno y alimentación que hasta hace poco lo mantenían con vida; mi madre, por supuesto, corría el mismo riesgo. Gracias a la mano de Dios, un médico casualmente pasó por allí, y al verla inmediatamente la llevó a sala de operaciones para una cesárea de emergencia (estoy segura que la cicatriz que tiene mi madre le harán recordar ese momento todos los días de su vida... ojalá mi hermano y yo pudiéramos verla también a diario...) La primera vez que me contó esta experiencia, vi en sus ojos lo real que ella sintió la muerte cerca, mientras un hilo de su voz pedía que salvaran a su bebé. No cabe duda que Dios tenía un plan muy especial para ella y para él.
Después de recordar esto, pensé que aquel "plan" o aquella "misión" de mi hermano era "advertirle" a su hermana menor de ya 32 años, que debía ir a emergencia... Sentí miedo, sentí inseguridad, mi mente empezó a jugar conmigo. Aun así, me mantuve con calma, volví a revisar la biblia y poco después ya estaba con mi esposo sacándome la ecografía intravaginal que, felizmente, no arrojaba nada alarmante, más allá de dos pequeños quistes, uno en cada ovario.

Lo siguiente, fue ir donde el ginecólogo, quien nos explicó que sería recomendable que me hagan una histeroscopía para dejar completamente limpio el útero, y fuera de todo lo que pudiera significar un riesgo posterior.

La operación fue programada para unos días después... y esta ya es otra historia, con su propia dosis de experiencias positivas y negativas; retos que aun tenemos que afrontar mi esposo y yo.

Y la razón por la que he titulado este capítulo como Una cuarentena es cuaresma, es porque el tiempo de cuaresma de este 2012 se ha dado casi al mismo tiempo que mi periodo de puerperio; de alguna manera esto me ha hecho sentir acompañada y con más fuerzas para afrontar los momentos difíciles, aunque algunos lleguen de forma drástica.

sábado, 10 de marzo de 2012

Juramento

Hace un par de días estaba de rodillas haciendo un juramento. Le decía a Dios que le entregaba mi vida, lo poco que tengo y soy, con mis defectos y mis debilidades, que si lo consideraba, me usara como instrumento para que él llegue a otros que lo necesitan. Me sentí comprometida a cumplir a cabalidad este juramento y me sentía feliz. Pero conociendo la debilidad propia del ser humano, le pedí también que si me caía, me ayudara a levantarme para continuar, pero que no iba a rendirme. Dios me creó con un propósito muy claro, y aunque yo misma aun lo vea un poco nublado, sé que con la oración diaria y la fe, encontraré el camino, encontraré la voluntad de Dios tan clara como el agua, resplandeciente y llamándome a hacerla.

Ese mismo día, mientras conversaba con mi madre echadas las dos en el gras de un parque de Miraflores, cerca al Faro, veía cómo se iban apareciendo las niñeras de las casas aledañas, cada una con uno o dos niños a quienes cuidaban. Después de detenerme a pensar de cómo hay padres que se pierden de esos preciosos momentos de estar con sus hijos jugando, viéndolos reir, caminar, correr, gritar... grata fue mi sorpresa cuando me topé con la mirada de uno de esos niños, de aproximadamente un año. Era muy hermoso, con una sonrisa coqueta y mirada profunda. Pasó frente a las dos y siguió corriendo sonrriente. Después de unos segundos, cuando ya estaba a unos 15 metros de nosotros, el niño se detuvo, volteó, me miró, sonrió e hizo un gesto con su manito, como saludándome o despidiéndose. Luego se alejó. En esos instantes percibí algo que me hizo poner sensible. Sentí que mi hijo se había posado por unos segundos en ese niño sólo para saludarme y hacerme recordar que estaba allí conmigo, y que no perdiera las esperanzas de que muy pronto volvería. Me sentí tan agradecida con Dios por ese regalo... mi madre también lo notó y me dio más fuerzas saber que ella siente lo mismo, que Dios en su corazón le dice que su nieto estará con ella pronto, en carne y hueso, y el mismo espíritu que conocimos de él.

Tal vez Dios me está diciendo que él también tiene un juramento frente a nosotros: el que seamos eternamente felices, con una familia grande y sana, con nuestro hijo de regreso con nosotros, y haciendo misión en miles de familias.

"Es, pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve." Hebreos 11,1

martes, 6 de marzo de 2012

Donde estén tus riquezas, estará tu corazón

Hoy tuve un día muy especial. Estuve toda la tarde con mi madre, quien pidió vacaciones en su trabajo para pasar un tiempo conmigo; más tarde almorzamos con mi padre y luego visitamos a unos familiares.  Realmente aprecié el tiempo que Dios me estaba dando con ellos, pudimos conversar de muchas cosas valiosas y que yo, particuarmente, necesitaba conocer, y sentí en todo momento el amor de Dios a través de ellos.

Supe, además, de cuanta necesidad de Dios existe dentro de las familias de mi familia. Mientras escuchaba cada realidad, cada situación dificil que viven algunas de ellas, sentía un gran impulso por estar cerca, por darles ánimo, por estar allí para cada uno y escucharlos, y ayudarlos a salir adelante a través de la fe.
Pasaron por mi cabeza miles de ideas, algunas un poco locas, pero movidas por el deseo de genera un cambio positivo en sus vidas... Cuando llegué a casa y conversé con mi esposo, y luego de un pequeño momento de meditación, sentí que ese ánimo se había bajado un poco; pensé: ¿por siento necesario ver las escenas más fuertes de la Pasión de Cristo, escuchar una canción cristiana reflexiva u oir algún testimonio o experiencia fuerte de alguien cercano para experimentar ese impulso por hacer algo al respecto en ese momento y siempre? ...porque después, no se mantiene con la misma intensidad... Le preguntaba a Dios ¿por qué? y le pedía al mismo tiempo que me de las agallas para enfrentarme a eso que me ha pone en frente, pues de nada sirven las buenas intenciones.

Sobre el pecado que nos aleja de Dios y de toda felicidad...

La cochinilla es un insecto que produce una sustancia conocida como carmín, que es usada en el negocio de los colorantes naturales para aplicar a diversos productos. Para que se reproduzca, ésta es implantada en la planta de la tuna. Cuando le ha extraido todos sus nutrientes, la tuna empieza a morir. No se pueden mantener las dos al mismo tiempo. Si quieres consevar la cochinilla, debes arriesgar la tuna, y si quieres conservar la tuna, debes extraer toda la cochinilla y cuidarla de que no se vuelva a implantar. Pero, aunque las dos sirvan como negocio, la cochinilla resulta ser la más rentable.

El pecado es como la cochinilla. Cuando dejamos que entre en nuestras vidas, no podemos tener la felicidad, conservando el pecado al mismo tiempo. Y una vez que hemos conocido e pecado, éste puede llegar a ser tan atractivo que ya no podemos desprendernos de él.

Si no sabemos amarnos como Dios nos ama, si prevalecemos el dinero, los bienes materiales y los diplomas por encima de los bienes del espíritu y del tiempo dedicado a nuestra familia, si somos egoistas, yoistas, rechazamos ser humildes, perdonar y pedir perdón, y aun así pretendemos que las cosas en nuestro matrimonio, la relación con nuestros hijos, nuestro negocio, nuestro éxito personal prospere, es porque tenemos una visión muy equivocada de la vida. Durante el poco tiempo que he podido dedicarle a la oración desde que aprendí este carisma en uno de los movimientos católicos en los que participo, si algo he aprendido de la palabra de Dios es que si buscamos primero el reino de Dios, todo lo demás lo tendremos por añadidura. Buscar el reino de Dios es, en pocas palabras, ser meredores de ser hijos suyos, es tratar de ser cada vez más parecidos a Cristo y buscar ser instrumentos de Dios para que, a través nuestro, él pueda llegar a otros. -Donde estás hoy, es porque Dios te puso con algún propósito- Pero también he aprendido y sigo aprendiendo que Dios lo perdona todo si nos mostramos realmente arrepentidos. "Dice el Señor-: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana. Si están dispuestos a escuchar, comerán los bienes del país" Is. 1, 10. 16-20

Dios escucha y habla a aquel que muestra un corazón humilde y dispuesto a pedir perdón, y lo enriquece con sus dones.

domingo, 4 de marzo de 2012

Pensar con Dios adentro

Hace unos días cuando conversaba con mi esposo, él me comentó que nunca había experimentado el amor de Dios como lo está haciendo estos días desde que empezamos a orar. Yo no sentía igual pero me permití pensar que se daría solo, con el tiempo. Sin embargo, pocos días después mientras veíamos una película cristiana, el protagonista, Alex Kendrick, actor, director y productor de varias películas del mismo rubro, en esta historia había perdido a la menor de sus hijas en un accidente. Pasado un tiempo y tras hacer varios cambios drásticos en su vida, entre ellos estar más unido a Dios que nunca, empezó a verlo todo distinto, en lugar de recordar a su hija con tristeza y sentir que Dios había sido injusto con ellos, se dedicó a darle "gracias" por los nueve años que esa niña estuvo en sus vidas.

Cuando presencié esa escena, senti como que me paralizaba, me di cuenta de que yo no tenía que esperar sentirme amada por Dios con el tiempo, sino que tenia que ver cómo ya me habia estaba amando y cómo me ha amado siempre. Decidí darle gracias por los ocho meses que nuestro hijo estuvo en nuestras vidas dentro de mi vientre. Gracias por hacer crecer en mi interior ese amor que jamás había sentido, ese amor de madre que ama desde las entrañas y con todo el ser. Gracias por mi esposo, mi familia y todo lo que vivo. Gracias también por lo que me anima a esperar de él en el futuro, una felicidad sin límites.

Al día siguiente antes de acostarme, volví a recordar a todos aquellos familiares por quienes que me sentía resentida, incomprendida, ofendida... y  sin darme cuenta me vino un pensamiento de lo más extraño y que jamás imaginé: pensé que todos ellos eran quienes más me amaban, sólo que sus reacciones respondían a lo que llevaba cada uno dentro, incluyendo sus defectos, necesidades y miedos. Me sentí algo liberada, como que ya no me afectaba tanto pensar en la razón por la que me hicieron sentir mal cuando les compartí el cambio que decidí hacer en mi vida. Y por primera vez, creí senrtir que Dios estaba preparando mi mente para que respondiera a este tipo de situaciones con un pensamiento más elevado... senti a Dios dentro de mí.

Comparto estas cosas con mi esposo, y él comparte conmigo las nuevas canciones que ha empezado a componer para Dios, a pesar que hace una semana me decía que habia tirado la toalla, que él no era de componer este tipo de canciones (él siempre ha sido cien por ciento rockero...), y ahora lo veo tan inspirado y sacando letras y melodías con una facilidad única... Es lindo verlo y pensar en nuestro hijo, dedicarle todas estas cosas nuevas que estamos haciendo. Estoy segura que él no ha dejado de sentir nuestro amor ni un solo instante.


viernes, 2 de marzo de 2012

El Plan de Dios

Ayer volví a escuchar a mi esposo tocar la guitarra después de un tiempo, señal quizá de que las cosas están mejorando, de que nuestro corazón se empieza a alegrar nuevamente. Ya lo empezaba yo a sentir así por momentos estos días después de la oración matinal y sobretodo después de regresar con mi suegra de un pueblo en San Juan de Lurigancho llamado Casa Blanca, un lugar como algunos dirían "olvidado por Dios", pero sin embargo poblado por algunas familias que aun no pierden la fe y que venían solicitando desde hace un tiempo una ayuda de la misión para encaminar a otras familias a que vivan según la fe.

Aquella fue, en definitiva, una experiencia nueva para mí, no porque nunca haya estado en una zona así, no porque nunca haya visto a personas en la extrema pobreza, sino porque nunca me había sentido como que realmente yo podría hacer algo por ellos, como que ese sueño de mi infancia... de ayudar a hacer misión en "Africa"... (porque una vez vi a esos niños por televisión) dejaría de ser finalmente una utopía y se convertiría en algo totalmente real, posible, alcanzable y sobretodo próximo. Es increible, pareciera que hasta las transmisiones de las neuronas de tu cerebro cambian apenas te ponen frente a ese tipo de realidades infrahumanas: una casa de triplay de dos pisos, una pareja con ocho hijos y con suerte diez soles en el bosillo para cada día, trabajando sies días a la semana... más de doce horas por día... Sentía que no era yo la que estaba allí dentro de esa casa sintiéndome absorbida por ese cariño gratuito de los más pequeños hijos de aquella pareja, absorbida por tanta necesidad y apego hacia alguien que ven como "un salvador"... Parecía un sueño... o tal vez, cuando recordaba mi casa, mi cuarto, mi modo de vida, mis comodidades, lo veía como una burbuja irreal en medio de un submundo real.

Aun así, con esta experiencia y casi con la seguridad de que Dios me estaba indicando claramente el camino por el que debía seguir ayudando a evangelizar a los niños y a los matrimonios de esas zonas junto con mi esposo y a través del Movimiento que creamos, cuando llegué a casa volví a recaer en una profunda pena por no tener a mi hijo conmigo. Recordaba a la menor de las niñas de esa pareja, de apenas 8 meses y una mirada muy expresiva, cuando la tenía en mis piernas sentía amor por ella, y al mismo tiempo me negaba a sentirlo, a entregarle a una niña extraña ese amor que no pude entragarle a mi hijo después de los 8 meses de gestación; me decía a mí misma: este amor no es para nadie más que para él; este amor voy a guardarlo para él... me niego a dárselo a alguien más...

Cuando llegué a casa recordando eso, otra parte de mí sentía que el espíritu de mi hijo, libre como es ahora, podía posarse sobre cualquier cuerpo terrenal aunque sea por décimas de segundo o por minutos enteros... entonces podría darle mi amor a esa niña, a algún otro niño que necesite de amor, o a cualquier persona necesitada de Dios. Su espíritu podía ser tan elástico que, amando a toda esa austera comunidad de Casa Blanca, estaría amándolo a él.

En la noche, después de que mi esposo se acostó, no pude evitar llorar. Me fui al otro cuarto, me puse de rodillas y boté todo lo que tenía contenido. Lloré y recé con una oración que encontré en uno de los tres libros que estoy leyendo al mismo tiempo (respuesta a la necesidad de llenar el vacío del alma, tal vez, o de buscar distraer mi mente...). Era una oración que, en resumen, le pedía a Dios que me ayude a sentir su amor, su ternura, su presencia, que me ayude a aumentar mi fe; en la que le decía cuánto lo necesitaba, cuán sola me sentía, sobretodo después de recibir el rechazo de casi toda mi familia por no comprender la decisión que tomé de dejarlo todo (literalmente) por Dios. Ahora caigo en cuenta que me he sentido así estos últimos días, a raiz de esta incomprensión de ellos, cuando más los necesitaba. Aquella oración parecía escrita por mí, me ayudó a hablarle a Dios desde lo más íntimo de mi ser.

Sin mucha expectativa aun, hoy me levanté con desánimo y un fuerte dolor de espalda... (para llegar a ese pueblo en San Juan de Lurigancho hay que tomar ocho micros, cuatro de ida y cuatro de vuelta... y mi espalda aun no se termina de recuperar de la epidural); nuevamente me encontraba postrada en mi cama, limitada, cansada, aburrida, desorbitada, desalentada y algo... hastiada de mi autocompromiso con Dios, algo que nadie me obligó y que escogí en busca de la felicidad plena. Era raro sentirme así cuando el día anterior Dios ya me había mostrado el "plan de acción" que tanto le pedía. Supongo que no puedo esperar sentirme completamente entusiasmada y derrochando felicidad de la noche a la mañana... tengo que ser justa conmigo, ha pasado menos de un mes desde que mi esposo y yo vivimos aquella pesadilla en la clínica, y a veces lo revivo incluso como si fuera ayer.

En busca de seguir con la mirada al frente y el ánmio erguido, mi esposo y yo fuimos en la tarde a inscribirnos en sesiones de Yoga y Meditación que iniciaremos mañana mismo. (Es posible que la película Comer, Rezar, Amar protagonizada por Julia Roberts nos haya influenciado con el tema de trabajar nuestra espiritualidad y despejar nuestra mente de tanta basura que cargamos en ella).

Sé que Dios se esfuerza sobremanera para demostrarme su amor, es sólo que a veces me niego a verlo y me acomodo en mi tristeza, en mi melancolía. Seguiré orando para no abandonarme en estos dos fantasmas que me persiguen, seguiré orando para hallar refugio, consuelo y fortaleza en Dios, en María, con paciencia y sobretodo con fe.