miércoles, 21 de marzo de 2012

Una Cuarentena en Cuaresma


El día después de que salí de la clínica inició la etapa de los 40 días y 40 noches, más conocida como cuarentena o puerperio al tiempo de posparto. En realidad, empezó desde las primeras dos horas después de la intervención que tuve. Desde entonces, además pasar por una recuperación emocional y mental día tras día, pasaba también por una recuperación fisiológica necesaria para quedar en las condiciones necesarias como para intentar un nuevo próximo embarazo, que era lo único que tenía en mi mente, hasta el día de hoy...

Siendo que, desde hace siglos el periodo del puerperio ha sido tan importante y trascendental para una madre debido a que si los fenómenos de este proceso sucedieran con algún tipo de alteración, podría conllevar incluso a invadir los signos vitales de la madre, entenderán mi preocupación cuando al cabo de un mes, ya había tenido algunas irregularidades, entre ellas que el flujo de sangre empezó a incrementar cuando ya estaba a menos de 10 días de llegar a los 40 días del periodo. 

Un día, mientras que yo pensaba que lo que sucedía era algo normal, inició la segunda pesadilla más grande después de la que ya habíamos pasado mi esposo y yo. Empecé a pensar que algo estaba muy mal y que podría estar en grave riesgo... llegué a pensar, incluso, en que moriría... Puede sonar un poco estúpido, pero en ese momento, sobretodo cada vez que iba al baño a cambiarme la toalla, lo cual ocurría cada media hora a lo menos, la pesadilla se hacía cada vez más densa e interminable. Por unos minutos llegué a pensar que jamás podría volver a quedar embarazada... fue cuando me eché a llorar en una habitación apartada de la casa, y fue cuando llamé a mi madre para contarle que sentía que algo tal vez no estaba del todo bien conmigo. Luego llamé a mi esposo, quien intentó tranquilizarme e instó a que llamara a mi ginecóloga. Después de notar una inadecuada tranquilidad o despreocupación de su parte, mi esposo y yo decidimos consultar con el ginecólogo amigo de la familia, con quien ya nos habíamos reunido en una ocasión poco después de lo que nos pasó aquel 09 de febrero.

Para entonces, mi hermano ya estaba enterado de la situación, lo cual aparentemente lo dejó muy preocupado, al punto de llamar a mi esposo para decirle "que vayamos a emergencia". La situación, sin embargo, no era tan simple como para decidir ir a emergencia y ya, puesto que, por un lado, mi ginecóloga no se encontraba de turno en la clínica donde me veía, y por el otro, el ginecólogo de la familia estaba atendiendo un parto. Lo único que hubiera quedado era que algún otro doctor de turno me haya visto y... la verdad, no estaba dispuesta a exponerme a alguien que no me haya visto antes y conozca mi historia clínica. Solo nos quedó esperar a que el ginecólogo le devuelva la llamada a mi esposo para saber qué hacer. En medio de este trance, mi compañero la habrá pasado super mal entre reuniones de trabaja con su propia cuota de estrés, y la incertidumbre de no saber qué pasaba conmigo. Cuando finalmente llegó la llamada del doctor, mi esposo me llamó para contarme que podíamos ir ese mismo día a hacernos una ecografía intravaginal, y con esto ir a vernos con él para descartar cualquier cosa que pudiera estar poniendo en riesgo mi salud.

Ya para entonces yo estaba un poco más tranquila. Algo que ayudó fue buscar la palabra de Dios en esas circunstancias. Pasé unos momentos en el cuarto que hacía un mes mi esposo y yo preparamos para usarla como "cuarto de oración". Allí, mis lágrimas, mi Biblia y yo, tuvimos una pequeña conversación que me dio un poco de paz y quietud. Recuerdo que dentro de lo que conversaba con el Señor, le decía algo como: "Ey! Dios, yo quiero seguir viviendo!!... tengo muchas cosas que hacer y tengo muuuchos hijos que criar!... por favor, espero que no te hayas tomado en serio cuando alguna vez me escuchaste decir que sentía como si quisiera morirme... la primera semana después de que nos pasara esta pesadilla a mi esposo y a mí fue la más fuerte..." Pero ya para entonces, por el contrario, tenía muchos planes y muchos de ellos motivados precisamente por Dios; entonces, ¿cómo podría irme ahora?, ¿y dejar todo esto?.. ¿y dejar a mi familia sufriendo por mí?...no había forma. Le dije que quería vivir, que iba a ser paciente y aceptar que las cosas se den como él las tenía planeadas, no yo. Leí entonces el maravilloso Salmo 91, la misma primera lectura bíblica que tuve cerca aquel día en la clínica.

(...) Ya que has hecho del Señor tu
refugio,
del Altísimo tu lugar de
protección,
no te sobrevendrá ningún mal
ni la enfermedad llegará a tu
casa;
pues él mandará que sus ángeles
te cuiden por dondequiera que
vayas.
Te levantarán con sus manos
para que no tropieces con piedra
alguna.
Podrás andar entre leones,
entre mountruos y serpientes.

Poco después de haberle dicho esto a Dios y aun con un poco de temor humano dentro de mí, se pasó por mi cabeza un pensamiento que casi me fulmina... -debo reconocer que para estas cosas suelo ser excesivamente creativa- Primero recordé aquella terrible experiencia que tuvo mi madre cuando estaba embarazada de mi hermano, que me lleva 2 años. En aquella época, en la que uno no tenía acceso a las ecografías y demás tecnologías, mi madre, embarazada de nueve meses de mi hermano (ella pensaba que era mujer), estuvo al borde de la muerte. Presentaba un caso de placenta previa, para lo cual se debe programar una cesárea. Sin embargo, el médico del hospital que la atendía al parecer poco sabía de estas cosas, y lo que es peor, cometió una gran negligencia después de que mi madre, tras habérsele roto la fuente en casa y haber perdido una tremenda cantidad de sangre, no se le ocurrió mejor idea que llevarla a sala de parto hasta que "dilate"... mientras tanto, mi hermano ya había perdido la fuente de oxígeno y alimentación que hasta hace poco lo mantenían con vida; mi madre, por supuesto, corría el mismo riesgo. Gracias a la mano de Dios, un médico casualmente pasó por allí, y al verla inmediatamente la llevó a sala de operaciones para una cesárea de emergencia (estoy segura que la cicatriz que tiene mi madre le harán recordar ese momento todos los días de su vida... ojalá mi hermano y yo pudiéramos verla también a diario...) La primera vez que me contó esta experiencia, vi en sus ojos lo real que ella sintió la muerte cerca, mientras un hilo de su voz pedía que salvaran a su bebé. No cabe duda que Dios tenía un plan muy especial para ella y para él.
Después de recordar esto, pensé que aquel "plan" o aquella "misión" de mi hermano era "advertirle" a su hermana menor de ya 32 años, que debía ir a emergencia... Sentí miedo, sentí inseguridad, mi mente empezó a jugar conmigo. Aun así, me mantuve con calma, volví a revisar la biblia y poco después ya estaba con mi esposo sacándome la ecografía intravaginal que, felizmente, no arrojaba nada alarmante, más allá de dos pequeños quistes, uno en cada ovario.

Lo siguiente, fue ir donde el ginecólogo, quien nos explicó que sería recomendable que me hagan una histeroscopía para dejar completamente limpio el útero, y fuera de todo lo que pudiera significar un riesgo posterior.

La operación fue programada para unos días después... y esta ya es otra historia, con su propia dosis de experiencias positivas y negativas; retos que aun tenemos que afrontar mi esposo y yo.

Y la razón por la que he titulado este capítulo como Una cuarentena es cuaresma, es porque el tiempo de cuaresma de este 2012 se ha dado casi al mismo tiempo que mi periodo de puerperio; de alguna manera esto me ha hecho sentir acompañada y con más fuerzas para afrontar los momentos difíciles, aunque algunos lleguen de forma drástica.

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