El día después de que salí de la clínica inició la etapa de los 40 días
y 40 noches, más conocida como cuarentena o puerperio al tiempo de posparto. En
realidad, empezó desde las primeras dos horas después de la intervención que
tuve. Desde entonces, además pasar por una recuperación emocional y mental día
tras día, pasaba también por una recuperación fisiológica necesaria para quedar
en las condiciones necesarias como para intentar un nuevo próximo embarazo, que
era lo único que tenía en mi mente, hasta el día de hoy...
Siendo que, desde hace siglos el periodo del puerperio ha sido tan
importante y trascendental para una madre debido a que si los fenómenos de este
proceso sucedieran con algún tipo de alteración, podría conllevar incluso a
invadir los signos vitales de la madre, entenderán mi preocupación cuando al
cabo de un mes, ya había tenido algunas irregularidades, entre ellas que el
flujo de sangre empezó a incrementar cuando ya estaba a menos de 10 días de
llegar a los 40 días del periodo.
Un día, mientras que yo pensaba que lo que sucedía era algo normal,
inició la segunda pesadilla más grande después de la que ya habíamos pasado mi
esposo y yo. Empecé a pensar que algo estaba muy mal y que podría estar en
grave riesgo... llegué a pensar, incluso, en que moriría... Puede sonar un poco
estúpido, pero en ese momento, sobretodo cada vez que iba al baño a cambiarme
la toalla, lo cual ocurría cada media hora a lo menos, la pesadilla se hacía
cada vez más densa e interminable. Por unos minutos llegué a pensar que jamás
podría volver a quedar embarazada... fue cuando me eché a llorar en una habitación
apartada de la casa, y fue cuando llamé a mi madre para contarle que sentía que
algo tal vez no estaba del todo bien conmigo. Luego llamé a mi esposo, quien
intentó tranquilizarme e instó a que llamara a mi ginecóloga. Después de notar
una inadecuada tranquilidad o despreocupación de su parte, mi esposo y yo
decidimos consultar con el ginecólogo amigo de la familia, con quien ya nos
habíamos reunido en una ocasión poco después de lo que nos pasó aquel 09 de
febrero.
Para entonces, mi hermano ya estaba enterado de la situación, lo cual
aparentemente lo dejó muy preocupado, al punto de llamar a mi esposo para
decirle "que vayamos a emergencia". La situación, sin embargo, no era
tan simple como para decidir ir a emergencia y ya, puesto que, por un lado, mi
ginecóloga no se encontraba de turno en la clínica donde me veía, y por el
otro, el ginecólogo de la familia estaba atendiendo un parto. Lo único que
hubiera quedado era que algún otro doctor de turno me haya visto y... la
verdad, no estaba dispuesta a exponerme a alguien que no me haya visto antes y
conozca mi historia clínica. Solo nos quedó esperar a que el ginecólogo le
devuelva la llamada a mi esposo para saber qué hacer. En medio de este trance,
mi compañero la habrá pasado super mal entre reuniones de trabaja con su propia
cuota de estrés, y la incertidumbre de no saber qué pasaba conmigo. Cuando
finalmente llegó la llamada del doctor, mi esposo me llamó para contarme que
podíamos ir ese mismo día a hacernos una ecografía intravaginal, y con esto ir
a vernos con él para descartar cualquier cosa que pudiera estar poniendo en
riesgo mi salud.
Ya para entonces yo estaba un poco más tranquila. Algo que ayudó fue
buscar la palabra de Dios en esas circunstancias. Pasé unos momentos en el
cuarto que hacía un mes mi esposo y yo preparamos para usarla como "cuarto
de oración". Allí, mis lágrimas, mi Biblia y yo, tuvimos una pequeña
conversación que me dio un poco de paz y quietud. Recuerdo que dentro de lo que
conversaba con el Señor, le decía algo como: "Ey! Dios, yo quiero seguir
viviendo!!... tengo muchas cosas que hacer y tengo muuuchos hijos que criar!...
por favor, espero que no te hayas tomado en serio cuando alguna vez me
escuchaste decir que sentía como si quisiera morirme... la primera semana
después de que nos pasara esta pesadilla a mi esposo y a mí fue la más fuerte..."
Pero ya para entonces, por el contrario, tenía muchos planes y muchos de ellos motivados
precisamente por Dios; entonces, ¿cómo podría irme ahora?, ¿y dejar todo
esto?.. ¿y dejar a mi familia sufriendo por mí?...no había forma. Le dije que
quería vivir, que iba a ser paciente y aceptar que las cosas se den como él las
tenía planeadas, no yo. Leí entonces el maravilloso Salmo 91, la misma primera
lectura bíblica que tuve cerca aquel día en la clínica.
(...) Ya que has hecho del Señor tu
refugio,
del Altísimo tu lugar de
protección,
no te sobrevendrá ningún mal
ni la enfermedad llegará a tu
casa;
pues él mandará que sus ángeles
te cuiden por dondequiera que
vayas.
Te levantarán con sus manos
para que no tropieces con piedra
alguna.
Podrás andar entre leones,
entre mountruos y serpientes.
Poco después de haberle dicho esto a Dios y aun con un poco de temor
humano dentro de mí, se pasó por mi cabeza un pensamiento que casi me
fulmina... -debo reconocer que para estas cosas suelo ser excesivamente
creativa- Primero recordé aquella terrible experiencia que tuvo mi madre cuando
estaba embarazada de mi hermano, que me lleva 2 años. En aquella época, en la
que uno no tenía acceso a las ecografías y demás tecnologías, mi madre,
embarazada de nueve meses de mi hermano (ella pensaba que era mujer), estuvo al
borde de la muerte. Presentaba un caso de placenta previa, para lo cual se debe
programar una cesárea. Sin embargo, el médico del hospital que la atendía al
parecer poco sabía de estas cosas, y lo que es peor, cometió una gran
negligencia después de que mi madre, tras habérsele roto la fuente en casa y
haber perdido una tremenda cantidad de sangre, no se le ocurrió mejor idea que
llevarla a sala de parto hasta que "dilate"... mientras tanto, mi
hermano ya había perdido la fuente de oxígeno y alimentación que hasta hace
poco lo mantenían con vida; mi madre, por supuesto, corría el mismo riesgo.
Gracias a la mano de Dios, un médico casualmente pasó por allí, y al verla
inmediatamente la llevó a sala de operaciones para una cesárea de emergencia
(estoy segura que la cicatriz que tiene mi madre le harán recordar ese momento
todos los días de su vida... ojalá mi hermano y yo pudiéramos verla también a
diario...) La primera vez que me contó esta experiencia, vi en sus ojos lo real
que ella sintió la muerte cerca, mientras un hilo de su voz pedía que salvaran
a su bebé. No cabe duda que Dios tenía un plan muy especial para ella y para
él.
Después de recordar esto, pensé que aquel "plan" o aquella
"misión" de mi hermano era "advertirle" a su hermana menor
de ya 32 años, que debía ir a emergencia... Sentí miedo, sentí inseguridad, mi
mente empezó a jugar conmigo. Aun así, me mantuve con calma, volví a revisar la
biblia y poco después ya estaba con mi esposo sacándome la ecografía
intravaginal que, felizmente, no arrojaba nada alarmante, más allá de dos pequeños
quistes, uno en cada ovario.
Lo siguiente, fue ir donde el ginecólogo, quien nos explicó que sería
recomendable que me hagan una histeroscopía para dejar completamente limpio el
útero, y fuera de todo lo que pudiera significar un riesgo posterior.
La operación fue programada para unos días después... y esta ya es otra
historia, con su propia dosis de experiencias positivas y negativas; retos que
aun tenemos que afrontar mi esposo y yo.
Y la razón por la que he titulado este capítulo como Una cuarentena es
cuaresma, es porque el tiempo de cuaresma de este 2012 se ha dado casi al mismo
tiempo que mi periodo de puerperio; de alguna manera esto me ha hecho sentir
acompañada y con más fuerzas para afrontar los momentos difíciles, aunque
algunos lleguen de forma drástica.
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